Palobras

Carmelo Hernando

17/01/93. (Sala 146)

Cuando P A L O B R A S cumpla 13 años (más diez) nadie podrá conmemorar el centenario de D A D A (Zurich, 1916. Cabaret Voltaire) *, a menos que se conserve un Fotomontaje como santo y seña. Un rastro indicial que nos identifique como cultura urbana, ese cucurucho-usare e dopo ejectare-que ahora retorna trastocado en tu más querida pasión particular. Marilyn en el Libro de los Muertos,I.

Carmelo Hernando se desprende al cincuenta por ciento, mitad Barcelona, mitad Nueva York, de sus engranajes, de su obra de dieciséis años de fascinio por algo que llamamos tiempo, que llamamos historia y que consumimos como “lo visual”. Se desprende de su marca original porque recurre a la cordura de los clásicos- de Grosz, de Heartfield, de Joseph Renal- uniendo cabeza y corazón para justo rozar el efecto-real de la fotografía y construir una nueva prueba de la verdad sobre la política de representación.

Hay un punto irreductible, de estilo-alguien, además de Cocteau, lo tendrá siempre que inventar-,de culpa transferida en el Fotomontaje que sólo existirá después de ti, cuando miras tu propio cotidiano exorcizado. Por entre la revolución de Octubre, el año de la locomoción aérea y el fin de la ideología liberal; por entre la unión de contrarios de la guerra fría; como generación de vida social en el supermercado y en los “pool” de opinión. Años felices, con las pelis de Douglas Sirk y la colección de cromos de tu álbum; años que afirman tu tacón de aguja hacia lo falso como paradigma; años en los que se exhibe el deseo de cómo atrapar ese gato negro que merodea por el cuarto oscuro, rastreando materiales evidenciadísimos y utilizadísimos en otros contextos; años de abismo para una estrategia de sentido.

La inmensa mayoría de las piezas de Carmelo Hernando fueron creadas para uno u otro Medio de Comunicación, entraron los circuitos- Expo, se presentan codificadas siguiendo su cronología, sus usos, sus medidas, su texto y, a partir de ahora, se les añadirá su coleccionista. Son originales que tantean una época de acumulación de mercancías varias por entre las que circula, como valor en alza, un imaginario que se revalora porque salió en los Medios, porque es constitutivo del Arte en la Sociedad post-industrial. Por y para los Media.

En a Sala Vinçon salen a la venta, desde 140 mil pesetas, las escasas obras del 92, y se despachan, desde 33 mil, obras primigenias, con el sello obsesivo de los setenta, con temáticas recurrentes como La Venganza del Geranio, con Copito de Nieve que te mira como lo haría un Tigre de Bengala. Y porque te mira, te desasosiega. Y porque reconoces ese ojo de tigre temes otra bala de plata para tu muñeca vestida de azul. Época lisa y límite en la que te vuelves a prendar de Campanilla, en la que te agarras a un Fotomontaje como agarra el domador la boca de la fiera para tomar aliento, en la que un souvenir fosforescente te recuerda tu deber de ponerte a crecer en otro mundo mientras repites: yo pasé por aquí.

Y así, de esta manera, la acción de idear, recortar, trasladar, pegar, pasar los dedos y alargar tu deseo hasta el otro para que se lleve a su casa ese prodigio de Los Libros Icónicos, vulnerará, otra vez más, el eslabón mórbido de esa imprevisible cadena especulativa en la figura de un heredero potencial que llegue a manejar con guante blanco, el día de mañana, todo este tiempo tenso, lento, y frío. En el que nada, nunca, da pasado.

Margarita Ledo Andión. Compostela, 1993

*(Otros preferirán el 1918 y Berlín).